Otra vez un árbol

Boomstudie by George Andries Roth

Alguien me comentaba acerca de mi novela «El río de las flores con fragancia», que emplear un árbol como un personaje relevante al lado del protagonista, era un recurso digamos trillado, en lo que debo reconocer cierta razón. Solo que es un recurso difícil de agotar cuando uno se adentra en él.

Hay árboles que trascienden lo vegetal en toda la literatura, como el célebre Bárbol de Tolkien (que más bien me desagradó cuando lo vi en cine en la versión de 1978 de Bashki, sentimiento que se mantuvo en menor grado cuando leí la saga poco después, aunque sí me encantó la forma como hablaba Bárbol en el libro), o en la mitología como la nórdica y muchas otras, o religiones como el cristianismo. Lo cierto, ni modo que suene a excusa, es que los árboles pueblan la mitología y el folclor en todo el mundo: tan cierto es lo anterior, que la Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación FAO incluye el artículo «Significado simbólico del bosque y del árbol en el folclore» de Judith Crews.

Como la versión original de la novela es de 1986, no he logrado recordar el motivo exacto que me impulsó a usar un árbol como lo hice. Sé que un día, a finales de ese año y en plena juventud, decidí participar en el concurso Enka de Literatura infantil y me senté a escribirla, aunque el título era diferente («Hermano árbol», tal como registré la obra inédita en la oficina de mi país de derechos de autor). Lo que recuerdo con claridad, es que desde niño uno de mis tantas lecturas eran de mitología cuando me sepultaba en la biblioteca de mi colegio cada vez que podía, lo que desde luego me llevó a tener bien presente una clase de árbol: el roble, por los nórdicos, aunque hay otros, de algunos de los cuales me enteré después, como del árbol del bosque de Nemi, gracias a «La Rama Dorada» de Frazer, obra que mereció un comentario de Wittgenstein. Para cuando retomé la novela en 2019, ya tenía estudios en Sagrada Escritura y teología, lo que me llevó a diferentes terrenos que espero hayan enriquecido la novela, puesto que el estudio serio de esas materias me obligó a recuperar mi pasión por griegos y romanos de la época clásica. Entonces ya no fue un roble como inicialmente escribí, sino un sicomoro, un árbol semiológicamente muy potente en el antiguo Egipto, pero que a mí me fascinó en particular por la Biblia: es el árbol en que se sube Zaqueo:

«Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí.» (Lucas 19:4, Biblia de Jerusalén Latinoamericana)

Puede que su edición de la Biblia (que no todas las traducciones son iguales) diga «árbol», lo cierto es que en el griego es «sicomoro» (συκομορέα, en la edición 28 de Nestle-Aland), término que en rigor técnico sería un hápax legomenon («palabras que aparecen una sola vez») porque la palabra no aparece más en el Nuevo Testamento, si bien el sicomoro es una variedad de higuera, la cual aparece en la Biblia muchísimo (Adán y Eva usaron hojas de higuera para cubrirse luego del episodio con la serpiente, Génesis 3:7; o es el árbol debajo del cual estaba Natanael, Juan 1:8). Pero no voy a hacer un estudio sobre el término griego en Lucas (sykomorea, en transliteración de DBL Greek), ni menos sobre mitología y Biblia. No se confunda: no infiera que asumo una herencia de mitología griega u otra en la Biblia (es un tema complejo, recomiendo el texto de Hugo Rahner al respecto).

En rigor, entonces, mi árbol era inevitable. Y muy valioso como recurso literario.

Quiero sí comentar algo sobre unos árboles en las raíces de la filosofía griega: en el el mito de Orfeo y Eurídice.

Sí, me refiero al orfismo cuyos ecos resuenan en la populachera música de los Carmina Burana de Carl Orff, un buen caso de explotación de textos antiguos. Si usted no sabe cuáles son los Carmina Burana de Orff, es porque no la reconoce, estoy seguro de que la ha escuchado (la parte más celebre es el poema dedicado a la diosa Fortuna); el orfismo también se halla en sofisticados versos de Rainer María Rilke («Sonetos a Orfeo») o en cualquier evocación con rastros de paganismo de la naturaleza (que por cierto no puede evitar recordar al paganismo cananeo del Antiguo Testamento). El mito de Orfeo se expandió en todos por todos los horizontes culturales (ver por ejemplo «Orfeo en el discurso artístico: la pervivencia de un arquetipo» del profesor María José Sánchez Usón).

Lo que me interesa es que el orfismo está en las raíces de la filosofía griega, uno de cuyos puntales es la religión, al lado de la poesía y el contexto socio económico (Reale y Antiseri, Tomo I de Historia de la Filosofía). Si usted quiere buscar un libro pagano de oraciones, podría quizás usar los himnos órficos. Por desgracia, un amor mal entendido a la naturaleza también está en el paganismo más salvaje (me refiero al sacrificio de niños en el culto a Baal de los cananeos, que de paso me hace pensar en ciertos escenarios del aborto voluntario).

«Según un fragmento de la tragedia atribuida a Eurípides Reso, Orfeo fue “aquél que mostró a los hombres las antorchas de los misterios secretos” (μυστηρίων τε τῶν ἀπορρήτων φανὰς ἔδειξεν Ὀρφεύς). Debemos relacionar estos misterios con los ritos órficos ya que, entre otras cosas, es el propio Orfeo el que es considerado introductor de ellos» («El orfismo y la magia», página 153, tesis doctoral de Raquel Martín Hernández )

Así de importante es el orfismo.

Quien no conozca el mito de Orfeo y Eurídice, puede ver el capítulo pertinente en The Storyteller: Greek Myths para una simpática ilustración del mismo, que no deja de ser genial. Del mito de Orfeo (y justo es decirlo) y Eurídice hay varias versiones, lo que es normal dado que los griegos no sistematizaron sus mitos, como tampoco hicieron los romanos.

«La leyenda de Orfeo, cuenta, en el plano argumental, la historia de un hombre, dotado con una habilidad extraordinaria para la música, que descendió a los infiernos en busca de su esposa, muerta prematuramente. Con la dulzura de su canto consiguió que le fuera devuelta la vida a su amada, pero sus ansias amorosas hicieron que la perdiera de nuevo, en esta ocasión para siempre. Se trata de una historia de amor, música, vida y muerte, que va más allá de lo anecdótico y encierra en sí misma un significado mucho más profundo.» («La revisión del mito de Orfeo en Tennessee Williams Orpheus Descending » de Vicente J. Marcet Rodríguez)

La esposa de Orfeo se llamaba Eurídice, y su papel es tan central en el mito que me sorprende que no se hable siempre del mito de Orfeo y Eurídice, porque no existe sin los dos.

En el capítulo que mencioné de The Storyteller: Greek Myths, Eurídice sale de un árbol. Es una licencia artística que me parece muy apropiada, pues en el mito ella no hace eso, aunque sí sale del bosque. Eurídice era una ninfa, con ella es que llega el amor a Orfeo, amor que trata de ser descrito a través de la imagen de su búsqueda hasta el mismo hades, cuando ella muere. Las ninfas eran seres de la naturaleza, de las quebradas, los árboles o los valles. Lo que yo veo en el mito, es una metáfora del encuentro del amor humano (la mitología griega es de humanos con emociones potenciadas), que se reconoce como trascendente (por eso Orfeo la busca hasta el otro mundo), lo que explica que siempre se sienta el llamado íntimo a un dios desconocido (para algunos) de que habla San Pablo, con razón, a los griegos (Hechos 17, desde el verso 22).

Por eso en la novela Dios se va sugiriendo desde lo innato, a través de los hechos de la vida y desde la naturaleza, la cual no es una meta sino un camino, consideración clave para no quedarse en simple contemplación o alabanza de ríos y árboles. Árbol y el río de las flores con fragancia son intermediarios de lo trascendental, como debe ser todo.

Para una lectura en profundidad sobre Orfeo y Eurídice, sugiero la tesis doctoral, con un título acertado porque incluye a los dos protagonistas, «El mito de Orfeo y Eurídice en la Literatura Grecolatina hasta época medieval» del dr. Ramiro González Delgado, Universidad de Oviedo.

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